Janucá: Entre el fuego y la luz




El 4 de diciembre del 2007, salió un artículo publicado en el Jerusalem Post, en el cual informan que un grupo de ambientalistas aconsejaba que los judíos del mundo debían prender una vela de Janucá menos ese año, para así ayudar a desminuir el calentamiento global.


Cada vela produce unos 15 gramos de dióxido de carbono, señalaron, y multiplicado por las millones de velas encendidas durante los ocho días de Janucá, provoca un daño significativo para el medioambiente, argumentaron.


Al principio pensé que era un chiste, pero estaban hablando en serio.


Me dejó pensando…


Uno de los conceptos importantes del judaísmo es que todo lo que cada uno de nosotros hace, influye en todos. Muchas veces hemos escuchado al Rebe hablar sobre la importancia de que cada mujer y niña judías prendan las velas de Shabat y de las Festividades, agregando así más luz física y espiritual al mundo. Las velas de Janucá se prenden en la ventana o puerta de la casa que da hacia la calle, señaló el Rebe, justamente para iluminar la calle con la sagrada luz de las velas de Janucá.


La campaña de incentivar a cuantos más a cumplir con dichos preceptos, ha sido siempre una tarea que hemos cumplido creyendo y/o entendiendo lo que el Rebe decía a nivel conceptual en cuanto al efecto que cada vela adicional tiene para iluminar al mundo.


Ahora, gracias a los ambientalistas, tenemos también un apoyo científico que ratifica dicho concepto. Aunque las conclusiones son diferentes en cuanto a los criterios de costo/ beneficio —los ambientalistas entienden que el calor es un precio demasiado alto a pagar para obtener el beneficio de la luz— el concepto fundamental es el mismo: todo lo que haga cada uno de nosotros afecta a todos. Para bien y para mejor.


Otra reflexión que me vino a la mente:


La luz y el calor son dos fenómenos físicos que funcionan de una manera similar a dos atributos o valores espirituales: la influencia y el poder.


Igual que la luz y el calor, tanto la influencia como el poder, influyen en el ambiente que los rodea, pero de maneras distintas.


El poder es el efecto que uno tiene sobre el otro; la influencia es el efecto que uno tiene en el otro. Del mismo modo, el calor tiene un efecto sobre mí, mientras que la luz tiene un efecto en mí. Si tengo los ojos cerrados o si estoy mirando para otro lado, de poco me servirá estar en un lugar iluminado; no me afectará. En cambio en cuanto al calor, su presencia me afectará, lo quiera yo, o no.


Usando un modelo geométrico diría que el poder corresponde al área del círculo: cuanto más poder, tanto más área de control; mientras que la influencia es como el centro del círculo: no ocupa espacio, es invisible, pero todo el círculo gira a su alrededor. Su valor no se mide en términos de cuánto espacio ocupa, sino por su ubicación.


En la plegaria de Janucá declaramos entre otras cosas que ‘Entregaste fuertes en manos de débiles, muchos en manos de pocos, malvados en manos de quienes se ocupan de tu Torá…’.


Ese es el mensaje de Janucá. La razón tarde o temprano le gana a la fuerza. La luz es más importante que el calor. La influencia es más importante que el poder. El “¿dónde estás?” es más importante que el “¿cuánto espacio ocupas?”.


Cada vela ilumina. Cada uno importa. Cuando uno hace lo que debe, logra que su mundo gire alrededor de él; cuando no hace lo que debe —porque no sabe o porque no quiere— terminará girando y girando por la vida, generando demasiado calor y demasiada poca luz.


No es bueno para el medioambiente…


Con los mejores deseos por unas vacaciones felices y productivas, aprovechando la oportunidad para tostar el cuerpo e iluminar el alma. (Eso sí es bueno para el ambiente…)


Fuente: Editorial, Revista Kesher No. 30, editado por Jabad Uruguay