La vida ¿la preferís dulce o picante?


**Toledot**


Muy a menudo uno se siente inadecuado —a pesar de sus variados y valiosos logros— por sentirse falluto. “Sí, ya sé que hice un favor a fulano y mengano, pero me conozco y no siempre actúo así; soy una mala persona.” O “sí, puede ser que sea un buen amigo pero soy un mal hijo / padre / esposo / patrón / suegro / yerno / hermano”. Esta actitud puede llegar a desinflar cualquier auto estima y motivación que uno puede tener, necesario para seguir esforzándose para hacer el bien. “No vale la pena hacer el bien porque yo me conozco y sé que tarde o temprano terminaré cayendo. No vale esforzarse.” ¿Qué se le puede decir a una persona tan desilusionada por sus propias carencias personales? Una respuesta podemos encontrar en la lectura de esta semana, Toledot [1], donde leemos sobre un episodio que tiene implícito el secreto del conflicto más grande de la historia humana: la lucha interna entre uno y uno mismo. La Torá nos cuenta sobre el embarazo de nuestra matriarca Rebeca. Ella sentía algo extraño con su embarazo y fue a buscar la palabra de Di-s para aclarar sus dudas al respecto. Resulta que cada vez que pasaba frente a una casa de idolatría sentía como si el feto quiere salir y lo mismo sucedía cada vez que pasaba por una casa de estudio de Torá. — ¿Qué tipo de esquizofrénico tengo en mi vientre?— se preguntó. La respuesta que recibió del profeta, Shem, la tranquilizó. "Tienes dos pueblos en tu vientre y dos naciones se separarán de tus entrañas.” [2] No se trataba de un esquizofrénico, falluto o de un indeciso, sino de dos individuos, cada uno suscribiendo a otra realidad y luchando para que la suya prevalezca. Efectivamente, al nacer los mellizos, el que salió primero, Esaú, dedicó su vida a la caza (de todo tipo) mientras que Jacob quien salió segundo, agarrándose del talón del primero, se dedicó al estudio de la Torá. Uno se dedicó a la vida terrenal y el otro a la vida espiritual. De acuerdo a las enseñanzas jasídicas [3] , cada uno de nosotros como el campo de batalla donde se enfrentan dos almas, el primero "animal" o vital y el segundo divino. No se trata necesariamente de un conflicto entre las ganas de hacer el bien y hacer el mal, sino es una contienda entre pensar, hablar y actuar de acuerdo a los criterios de lo material y egocéntrico y lo espiritual y altruista, respectivamente. A veces gana uno y a veces gana el otro. Las inconsistencias en el hombre no son síntoma de fallecería o inestabilidad, entonces, sino de la condición humana que viene diseñado así de fábrica. OK, ya me tranquilizaste con decirme que dicha tensión no es mi culpa y no es una falla del cual sentirme avergonzado. Pero, ¡parece no haber tregua! ¿Será que algún día podré eliminar a mis instintos animales y egocéntricos? Y si no, ¿qué sentido tiene seguir insistiendo en una lucha que no tiene fin? La respuesta yace en otro versículo de la lectura de esta semana [4]. Cuando Isaac quiere bendecir a su hijo Esaú, le pide que le prepare “comidas ricas,” en plural.

Las enseñanzas místicas judías [5] entienden que en este pedido específico de Isaac se expresa también el pedido de nuestro Padre Celestial hacia Su pueblo: “prepárenme comidas ricas”. Hay dos tipos de comidas ricas: dulces y picantes. La comida dulce representa la vida y obra del Tzadik, la gente justa que no tiene necesidad de luchar contra sus instintos animales ya que los tienen totalmente dominados o eliminados. La comida picante representa el servicio del Beinoní, aquel que lucha continuamente en contra de sus instintos animales, transformándolos en condimentos que ayudan a producir un rico plato de comida picante. Hay dos misiones de vida diferentes: 1) ser perfectos; 2) luchar contra los desperfectos. A Di-s le agradan ambos, alguno como copetín y postre y otro como plato principal. La consigna de la vida no es una cínica lucha en vano, sin esperanza de una eventual victoria, sino una lucha en la cual uno puede cantar victoria cada vez que no se da por vencido y no le da expresión a sus instintos egocéntricos.



------- 1. Génesis, 25:19-28:9 2. Ibid, 25:23 3. Véase Tania, Cap. 9 4. Génesis, 27:4 5. Véase Tania, Cap. 27